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Confesiones, Marina Tsvetaieva (Galaxia Gutemberg)

No me gusta la vida como tal, para mí comienza a significar, es decir, a adquirir sentido y peso –solo transfigurada, es decir– en el arte. Si me llevaran más allá del océano –al paraíso– y me prohibieran escribir, me negaría al océano y al paraíso. La obra en sí misma no me hace falta.

Amo las cosas por su belleza, no por la mía cuando me las pongo.

Jamás me permití amar las flores (por la evidencia de su belleza –y también porque todo el mundo las ama), amaba –los árboles, sin evidencia de la seducción.

La esfera del poeta es - el alma. Toda el alma. por encima de alma está –el espíritu, que no necesita de poetas, si de algo necesita es de profetas. La profecía en el poeta como co-presencia, no como esencia– como la poesía en el profeta. «Qué grandes poetas son los profetas», al decir esto - rebaja usted al profeta.
La palabra poesía está, generalmente, enaltecida y embrumecida. ¿Por qué llama usted a lo mejor que hay en el ser humano y en el mundo poesía? Dios en el hombre, sí. Y esto es, no cabe duda, incomparablemente más grande y más preciso. Es Dios quien está en el embrión de usted y no la poesía. Será poesía cuando usted, en sus versos, lo ponga al descubierto.

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Agua viva, Clarice Lispector (Siruela)

Quiero escribirte como quien aprende. Fotografío cada instante. Profundizo en las palabras como si pintase, más que un objeto, su sombra. No quiero preguntar por qué se puede preguntar siempre por qué y seguir siempre sin respuesta: ¿consigo entregarme al expectante silencio que sigue a una pregunta sin respuesta? Aunque adivine que en algún lugar o en algún tiempo existe la gran respuesta para mí.

(...)

Pero el otro lado, del que he escapado a duras penas, se ha vuelto sagrado y a nadie le cuento mi secreto. Me parece que en sueños he hecho en el otro lado un juramento, un pacto de sangre. Nadie sabrá nada, lo que sé es volatil y casi inexistente que queda entre mí y yo.

(...)

Eternidad, porque todo lo que es no ha empezado nunca. Mi pequeña cabeza tan limitada estala al pensar en algo que no empieza y que no termina, porque así es lo eterno. Felizmente ese sentimiento dura poco porque yo no soporto que perdure y si continuase me llevaría al desvarío. Pero mi cabeza también estalla al imaginar lo contrario, algo que hubiese empezado: porque ¿dónde comenzaría? Y que terminase: pero ¿qué vendrá después de terminar? Como vez, me es imposible profundizar y apoderarme de la vida porque es aérea, es mi leve hálito.

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Podrías, Anne Carson


Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado. Podrías susurrar de cara a un pozo. Podrías escribir una carta y mantenerla guardada en la gaveta. Podrías escribir una maldición en una cinta de plomo y enterrarla para que nadie la lea por mil años. No se trata de encontrar un lector, se trata de contar. Piensa en una persona de pie, sola en un cuarto. La casa está en silencio. La persona lee un pedazo de papel. No existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en él unos signos que nadie más va a ver, le confiere así como una plusvalía,

y todo lo remata con un gesto
tan privado y preciso como su propio nombre.  

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Pedro Montealegre


1
No trates de hacer tu cama sobre el frío, que los gorriones dolerán:
yo tengo en mi casa unas jaulas con gorriones y se morirán todos
si es que tienes frío: y las jaulas torcerán sus barrotes sobre mi cara
si es que no te prevengo, si es que yo no te tapo con un trozo de pan.
Sobre un gorrión dormido en la estrella polar, yo no haré mi cama,
y no me haces caso. Tú no me sigues y caes sobre el viento,
y le mendigo a la noche un pedazo de cobija. Y te vuelves morado.
Le mendigo a los perros un trozo de piel para no ver tus dientes.
No trates de hacer tu cama sobre el frío ¡No estaré para lavarte!
No estaré para darte el vapor en la frente, leyéndote las aguas.
No estaré para contarte la saga de mis padres que un día partieron
a la aurora boreal -más allá de estos pastos- con zapatos de hielo.
Yo tengo en mi casa unas jaulas con gorriones y se morirán todos
si es que yo me olvido y no fundo los zapatos que tú te pusiste.

2
Yo tengo en mi casa una estrella de mar. Yo mismo la busqué:
puse aire en la alforja y fui a lo abisal a encontrar esa estrella,
porque la quería en tu barba, para que me vieras la albura
por debajo de la ola: yo quería también que tocaras la medusa
que me late acá adentro.Y si era dado de que a ti te gustara,
si es que te araba esa estrella y te la guardabas al fondo,
no tendríamos frío y cantaríamos la espuma igual que delfines.
Me dirías lo mucho que sabe una sal en los ojos: el mar,
ese ojo que espera tragarnos como yo. Tan igual. Otro ojo:
y espero tragarte. Y espero que sientas la estrella marina,
porque mi casa es la estrella, porque mi casa es el mar.
Y espero que haya un mar que te extienda hacia adentro.

3
Yo tengo en mi casa una página de libro: y tú lees y lees,
y como si fuera metáfora, veo que vas por el borde de una hoja,
como si fuera por el borde del tintero celeste, del mismo
que marca tus huellas y deja una estela de su propia saliva.
Digamos que tú te querías celeste, porque la tinta lo puede:
te quería en la impudicia, con la hombría de mi esposa.
Tu longitud de niño que se tienda en la tinta igual que en su cama,
y por más que chapotee, no vea reseca ni oleada su cal.
Pero no quieres leerte en mi casa, y te leo: asimismo te abro.
Imagino el jardín y las manzanas podridas por tanta llovizna.
A ti no te importa, porque vas colocando sobre ti las manzanas,
y las cuentas de a una mirando lo que hago. Y yo no hago más
que imaginarte -y te leo-; te lavo -y te leo-; y te quito el barro,
porque en mi casa no hubo barro más que yo y mi tinta.
Y lo sabes bien, y por eso vienes sobre un insecto y cuidas
que la tinta se espese. Y que yo me espese. Y me quede quieto.

4
Yo tengo en mi casa un puñado de hojas, y veo que el día
me las hace tierra. Yo veo que el día desnuda su esqueleto,
y las vuelve óxido. Y a ti no te importa porque vas desnudo:
tu nervadura articula el lenguaje del silencio. Y sabes que ella,
la muerte redonda, cabe en el clavo que afirma mi casa:
un pilar, una esquina, el cajón de un mueble. Y tú vas desnudo,
porque la muerte es el ropaje que no logra cubrirte,
así como mi casa me cierra los ojos y roza mi mejilla
con el mismo soplo con que apaga la vela. Yo tengo en mi casa
un puñado de hojas y vas con tus párpados y ya las barres.
Y todo el misterio es claro como un huevo, y la cáscara de calcio
te será nutritiva si la mueles con las palmas. Y todo el misterio
es tu voz de muchacho, tus cimientos de muchacho: esas manos
que saben tomar el insecto de la muerte y treparlo por los dedos
hasta que vuele a la bujía. Mi casa es la bujía. Y adentro te llamo.

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Prosa, Anna Ajmátova (Nevsky Prospects)

Ahora que todo queda en el pasado –incluso la vejez– y todo lo que queda es decrepitud y muerte, parece que todo se vuelve dolorosamente claro (como en los primeros días de otoño): la gente, los sucesos, tus propios logros, periodos enteros de tu vida. Y cuántos amargos y terribles sentimientos.
Y quién habría creído que yo hace mucho que podía haberme dado cuenta de estos y no lo hice. Mi memoria ahora es mas aguda que nunca. El pasado se acerca hasta mí y me pide algo. ¿El qué? Las sombras queridas del pasado lejano parece que me hablaran. Tal vez esta es su última oportunidad en que esa cosa bendita que la gente llama olvido puede amenazarles. ¿De dónde vienen estas palabras, dichas hace medio siglo, y las cuales llevo 50 años sin ser capaz de entender? Sería extraño explicar todo esto simplemente por la soledad de mi verano y mi cercanía a la naturaleza, algo que durante mucho tiempo solo me ha recordado a la muerte...

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Bélgica, Chantal Maillard (Pre-Textos)

La mañana clarea tímidamente. Las paredes blancas forman un marco para la mancha oscura que ocupa la parte izquierda del lienzo. Si digo mancha, la habitación se cierra sobre mí y me aprisiona. Si digo mar, en cambio, se abre un horizonte, se hace el cielo, el día es extensión infinita y la calma invade esa parte de mí tan endeble que reposa al abrigo de las mantas. Como si consentir al abandono dependiese de una amplitud en la mirada. Como si, de ese modo, con un paisaje en la ventana, fuese más fácil asumir que una se entorna, que va entornando. Será porque se cumple en metáforas la comprensión humana; será por esa costumbre de la razón, afecta a las analogías, por lo que el mundo externo ordena, en la forma, el de dentro. Y así, si el mar es mar y no una mancha vertical en el marco de la ventana, puedo cerrar los ojos o entornar el alma: hay espacio ahí fuera, y con eso basta.

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Bélgica, Chantal Maillard (Pre-Textos)

La mañana clarea tímidamente. Las paredes blancas forman un marco para la mancha oscura que ocupa la parte izquierda del lienzo. Si digo mancha, la habitación se cierra sobre mí y me aprisiona. Si digo mar, en cambio, se abre un horizonte, se hace el cielo, el día es extensión infinita y la calma invade esa parte de mí tan endeble que reposa al abrigo de las mantas. Como si consentir al abandono dependiese de una amplitud en la mirada. Como si, de ese modo, con un paisaje en la ventana, fuese más fácil asumir que una se entorna, que se va entornando. Será porque se cumple en metáforas la compresión humana; será por esa costumbre de la razón, afecta a las analogías, por lo que el mundo externo ordena, en la forma, el de dentro. Y así, si el mar es mar y no una mancha vertical en el marco de la ventana, puedo cerrar los ojos y entornar el alma: hay espacio ahí fuera, y eso basta. 

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La intimidad del deshauciado, Ophir Alviárez

Rosas de tallos largos en manos sucias y la sonrisa de un hombre al otro lado de la mesa. Necesidad de palabras. Necesidad de ser necesitada y el participio que lo demuele todo como el pasado si lo dejo pero no me dejo. Concreto en las venas, territorio celeste, camarones que no me dan piquiña. Un adiós, otro adiós, nado en los adioses, no tengo ganas de pinchos y habiendo corazón he de aceptar que estoy hecha de líquidos. Arroyo en las bocas, reverdecen fincas que anuncié baldías. Soy aragüaneyes floreados en cantos de carretera, huelo a ciruelas en la espalda, hago un pozo, me zambullo, apenas me quito la blusa, apenas recojo las mechas: cola de caballo, cola de mujer, carpelo. Mi ánimus, el ánima, subeybaja y no doy consejos, repaso la lección, don’t give advice, repaso la lección, azar. Intimidad del desahuciado, qué llueva, qué llueva, me dejo cubrir: aguardiente, aguamiel, aguaclara, agüita agüita para calmar la fe. Do, re, mi, fa, fe y tiro piedras, parto ventanas, escupo pero no escapo porque hoy en el festín la carne es de otro y qué rico el chuzo cuando ajeno.

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