El huésped, Guadalupe Nettel (Anagrama)


Tomemos la postura que tomemos, algo es seguro: existir es desmoronarse. Me rasco y pierdo un puñado de células, tomo un poco de alcohol y me desprendo de algún porcentaje de hígado. Me quedo dormida junto a la ventana y me pierdo la escena de celos que está haciendo la vecina en el edificio de enfrente, despierto y, de inmediato, olvido el sueño del que sí conservo sensación. Perderse a sí mismo es algo para lo que estamos de alguna u otra manera preparados, pero que no nos abandonen; que las personas que consideramos nuestras no desaparezcan, porque entonces el procesos de pudrición se vuelve intolerable.
En la ciudad, las calles están llenas de casas, anuncios, gente y sin embargo tan vacías, pintadas de ese moho percudido que lo impregna todo. Los olores de la ciudad se han convertido en un tufo único y nauseabundo. Constantemente, el espacio deja de existir y la gente, obstinada en negarlo, sigue hablando de edificios, estatuas, cines que hace mucho derrumbaron; sigue mencionando calles que ya no son calles, sino ejes viales y no tienen ya el mismo nombre, avenidas donde los camellones son sólo el recuerdo colectivo de un tiempo más apacible y menos vertiginoso. México ya no nos pertenece. Hemos desarrollado un ojo selectivo que fragmenta y edita los teléfonos descompuestos, los vidrios rotos, la señora que tirita en su reboso, sentada en la banqueta, los desagües constipados, el asalto que sucede frente a nuestras narices. La ciudad que elegimos ver es una fachada hueca que cubre los escombros de todos nuestros temblores.