El viaje sentimental, Virginia Woolf


 Hasta entonces, el viajero había observado determinadas leyes de la proporción y la perspectiva. La catedral había sido siempre un edificio enorme en cualquier libro de viajes y el hombre una figurita lo suficientemente diminuta, a su lado. Pero Sterne fue lo bastante hábil para omitir la catedral por completo. Una muchacha con un bolso de satén verde podía ser mucho más importante que Notre-Dame. Porque no existe, parece insinuar, una escala universal de valores. Una muchacha puede ser más interesante que una catedral; un burro muerto más instructivo que un filósofo vivo. Todo es cuestión del punto de vista de uno. La mirada de Sterne estaba tan afinada que las cosas pequeñas a menudo abultaban más que las grandes. La conversación de un barbero sobre la curvatura de su peluca le decía más sobre el carácter de los franceses que la grandilocuencia de sus gobernantes.

Creo que puedo ver las señas precisas y distintivas de personajes nacionales más en estas minutiae sin sentido que en los asuntos de estado más importantes; tan parejos hablan y caminan majestuosamente los grandes hombres de todas las naciones que no daría un comino por escoger entre ellos.

Asimismo, si deseamos captar la esencia de las cosas como lo haría un viajero sentimental deberíamos buscarla no en pleno mediodía con calles grandes y abiertas, sino en un inadvertido rincón por un acesso oscuro. Deberíamos cultivar una especie de taquigrafía que plasmara las distintas formas de miradas y de miembros en palabras sencillas. Era un arte para cuya práctica Sterne se había entrenado durante largo tiempo.

Por mi parte, por mor de hábito de antiguo, lo hago tan mecánicamente que cuando voy andando por las calles de Londres voy traduciendo todo el camino; y más de una vez me he quedado atrás en el corrillo, donde no se han dicho ni tres palabras, y he sacado veinte diálogos diferentes conmigo, que bien podría haber escrito o jurado.

Así es como Sterne transfiere nuestro interés desde lo exterior a lo interior. No sirve de nada ir a la guía de viajes; debemos consultar nuestras propias mentes; solo ellas pueden decirnos cuál es la importancia comparativa de una catedral, de un burro y de una muchacha con un bolso de satén verde. En esta preferencia por los serpenteos de su propia mente hacia la guía urbana y su gastada ruta principal, Sterne es particularmente de nuestra propia época. En su interés por el silencio más que por el habla, Sterne es el precursor de los modernos.