Historias del buen dios, Rainer Maria Rilke (Destino)


El hombre, a quien siempre venía a las mientes que la muerte había estado ante su puerta, se sentía al principio algo tranquilo, pero, viendo a su mujer tan afable y despreocupada como siempre, pronto volvió a abrir los grandes batientes de su puerta, con lo que penetró en la casa mucha vida y luz. A la primavera siguiente brotó en el macizo, entre los esbeltos lirios cárdenos, un arbusto de pequeño tamaño. Tenía las hojas delgadas, negruzcas y apuntadas, semejantes a las del laurel, y había en su tono oscuro un resplandor peregrino. El hombre se proponía a diario preguntar por la procedencia de aquella planta. Pero cada día lo aplazaba. Poseída de un sentimiento afín demoraba también la mujer de un día para otro el momento de la confesión. Pero la pregunta retenida por el uno y la contestación no arriesgada del otro les reunían a menudo a ambos a aquel arbusto que, a causa de su oscuro verdor, se destacaba con tanta singularidad en el jardín.

Cuando llegó la primavera siguiente se ocuparon del arbusto como de las demás plantas, y se entristecieron cuando, rodeado de la profusa floración que apuntaba, le vieron crecer invariable y mudo, cual el primer año, insensible a todos los soles. Entonces decidieron, sin consultárselo, procurarle justamente en aquel tercer año toda su lozanía y, cuando brotó en la correspondiente primavera cumplieron en silencio y mano a mano lo que cada uno había prometido. El jardín se embrozaba por todas partes, y los lirios cárdenos se mostraban más pálidos que antes. Pero un día en que, tras de una noche penosa y tapada, salieron por la mañana, la serena y radiante mañana, observaron que, de entre las hojas negras y aguzadas del arbusto extraño, había brotado de improviso una floración azul, mortecina, cuyos capullos se abrían ya por todas partes. Y estuvieron quietos ante aquella, aunados y en silencio, y entonces por vez primera, no supieron decirse una palabra. Porque pensaban: "Ahora da flores la muerte", y se inclinaron un tiempo para apreciar el aroma de la joven floración. Pero desde aquella mañana, todo ha cambiado en el mundo. "Así rezaba la guarda del viejo libro", acabé yo.
¿Y quién escribió semejante relato? -escribió el hombre-. Una mujer, a juzgar por el tipo de letra -contesté-. Pero, ¿de qué habría servido averiguarlo? Las cubiertos estaban algo desteñidas y pasadas de moda. Debe de haber muerto tiempo ha, al parecer.
El hombre estaba embebido en sus pensamientos. Al fin aventuró: ¡pura y simplemente una historia, y con todo tan conmovedora!
Suele suceder así cuando no se está acostumbrado a escuchar historias, -insinué yo-. ¿Usted cree? Me alargó la mano y yo la estreché con efusión.
Me agradaría poderla volver a contar. ¿Me lo permite? Yo asentí. De pronto se le ocurrió: Pero si no tengo a nadie. ¿A quién podría contarla yo?. Ah, pues muy sencillo, a los niños que van a verle a veces, ¿a quién, si no?

Los niños han escuchado también las tres últimas historias en su totalidad. En todo caso, sólo la de nubes vespertinas les fue referida en parte, si no ando mal informado. Los niños son, esto es, pequeños, y saben por ello muchas más cosas de las nubes que nosotros. A pesar de los largos y bien construidos discursos de Hans, se darían cuenta cde que la cosa suecede entre niños y mirarían mi retalo, a fuera de persona competentes en la materia, con ojos críticos. No obstante, es preferible que no sepan con cuánto esfuerzo y torpeza vivimos las cosas que a ellos les afecta con tanta sencillez!