Las olas, Virginia Woolf (Tusquets)

Del mismo modo que doblo el vestido, dijo Rhoda, me despejo de mi imposible deseo de ser Susan, de ser Jinny. Pero extenderé los dedos de los pies para tocar el límite de la cama. Adquiriré la seguridad al tocar el metal, propio de todo lo duro. Ahora no puedo hundirme. Es imposible que caiga a través de la delgada sábana, ahora. Ahora relajo el cuerpo sobre este frágil colchón y quedo suspendida en el aire. Ahora floto sobre la tierra. Ya no estoy en pie para que me golpeen y me hieran. Todo es suave y dócil, maleable. Las paredes y las alacenas palidecen y sus amarillos rectángulos se doblegan. Ahora pueden manar los pensamientos. Puedo pensar en mis flotas navegando en el mar, alzado el oleaje. Estoy a salvo de los difíciles roces y los choques. Navego sola frente a blancos acantilados. ¡Pero me hundo! ¡Caigo!
Quiero salir de estas aguas. Pero se amontonan sobre mí. Entre sus grandes hombros me llevan. Me obligan a dar un giro sobre mí misma, me derriban, estoy tendida entre esas largas luces, esas largas olas, esos interminables senderos, esas gentes que me persiguen, me persiguen.
Me sentaré en la temblorosa orilla del río y contemplaré los nenúfares, anchos y luminosos, que con su aguda luz de luna iluminan en haces el roble que se cierne sobre el agua. Cogeré flores. Formaré con ellas un ramo, lo tomaré en la mano y lo ofreceré, ¡oh! ¿a quién? Hay un obstáculo en el fluir de mi vida. Una profunda corriente tropieza con algo. Y ese algo se estremece. Tira. Un nudo en el centro opone resistencia. Es dolor. Es angustia.