Los caballos del sueño, Clara Janés (Anagrama)

En mi interior se crea como un lugar de inmovilidad donde todo se recoge en el punto de mayor belleza, y todo viene a ser lo mismo, todo me lleva a ese desasimiento que da inmensa beatitud. Y sé que la luz desempeña en ello un papel importante. La belleza se apodera de mí. Es una plenitud que permite, incluso a veces en situaciones duras, elevarse por encima, ver lo que no hiere.

Era quizá la nitidez de los colores y de las formas lo que me hacía sentir a la vez perfectamente integrada en el paisaje: las líneas de las dársenas de El Abra, tan rectas, las playas tan perfectamente dibujadas, los barcos grandes en el interior de los muelles, a cierto resguardo, mientras otros –algunos incluso pequeños o de vela– se veían como perdidos por el oleaje a merced de él. Era un panorama extratemporal, perpetuo en sí, como una promesa revelada por la luz, esa luz ascendente de la mañana.

Había sido el canto del mirlo lo que me arrancara del lecho y me hiciera llevar todo el cansancio, primero hasta los cristales, para contemplarlo en la oscuridad. Quizá aquel mirlo, que apareció un amanecer de febrero en el tejado de enfrente y a partir de entonces cantaba, por allí, casi todos los días antes de que irrumpiera la primera luz, ha sido en mi vida más importante que tú. (...)
Con los años, sin embargo, significa mucho más ese pájaro, no sólo el canto, sino el vuelo.