Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, Rainer Maria Rilke (Losada)


Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos, son experiencias. Para escribir un solo verso, es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecitas al abrirse por la mañana. Es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo se veían llegar; en días de infancia cuyo misterio no está aún aclarado; en los padres a los que se mortificaba cuando traían una alegría que no se comprendía; en enfermedades de infancia que comienzan tan singularmente, con tan profundas y graves transformaciones; en días pasados, en las habitaciones tranquilas y recogidas, en mañanas al borde del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellas - y no es suficiente incluso saber pensar en todo esto. Es necesario tener recuerdos de muchas noches de amor, en la que ninguna se parece a la otra, de gritos de parturientas, y de leves, blancas, durmientes paridas, que se cierran. Es necesario aún haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana abierta y los ruidos que vienen a golpes. Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener paciencia de esperar que vuelvan. Pues, los recuerdos mismos, no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso.

Cuando las pobres gentes reflexionen no se las debe molestar. Quizás lleguen a encontrar lo que buscan.

Si se tiene más imaginación y se la deja desarrollarse en otras direcciones, el campo de suposiciones es verdaderamente ilimitado.

Y no se tiene a nada ni a nadie, y se viaja a través del mundo con una maleta y un cajón de libros.

Estoy sentado, leyendo a un poeta. Hay muchas personas en la sala, pero no se las oye. Están en sus libros. A veces se mueven entre las hojas, como hombres que duermen y se dan la vuelta entre dos sueños. ¡Ah! Qué bien se está entre hombres que leen. ¿Por qué no son siempre así?

Los hombres querrían poder olvidar mucho, su sueño lima suavemente esos surcos del cerebro, pero los sueños los rechazan y vuelven a trazar el dibujo. Y se despiertan, anhelantes, y dejan fundirse en la oscuridad el resplandor de una luz, y beben como agua azucarada esta media luz apenas calmante. Pues, ¿en qué arista se sostiene esta seguridad? El menor movimiento, y ya la mirada se hunde más allá de las cosas conocidas y amigas, y el contorno, consolador un instante antes, se precisa como un reborde de temor. Guárdate la luz que cava todavía más el espacio; no te vuelvas para ver si alguna sombra se levanta, por casualidad, detrás de ti, como dueño tuyo. Mas valía haber permanecido en la oscuridad, y tu corazón ilimitado había tratado de convertirse en el corazón pesado de todo lo indistinto. Pero vuelves en ti, te sientes acabar en tus manos, con un movimiento mal precisado, vuelves a trazar de vez en cuando el contorno de tu rostro. Y ya no hay casi espacio en ti; y te calmas casi en el pensamiento de que es imposible que algo demasiado grande pueda contenerse en esta estrechez; y que lo inaudito mismo deba llegar a ser interior y adaptarse a las circunstancias. Pero fuera todo es desmedido.

Enciendes una luz y el ruido ya eres tú. La levantas y dices; "Soy yo, no te asustes." Y la deposidas lentamente, y no hay duda: eres tú, tú eres la luz alrededor de los objetos familiares e íntimos que están allí, sin doble sentido, buenos, sencillos, ciertos. Y cuando algo se mueve en el muro o da un paso en el suelo: sonríes solamente, sonríes, sonríes. Transparente sobre un fondo claro, el rostro angustiado que sondea como si fuera parte del misterio, como si estuvieses en el secreto de cada sonido ahogado, de concierto y acuerdo con él.

La nieve comenzaba a caer de nuevo en silencio, y ahora, era como si todo, hasta el último rasgo, hubiese sido borrado, como si marchásemos a través de una página en blanco.

El olor de las flores era ininteligible, como demasiadas voces que suenan a la vez. Su hermoso rostro, cuyos ojos habían cerrado, tenía la expresión de una persona que por cortesía quiere conocer.

Estaba sentado, y sin duda mi aspecto era tan asustante que ninguna cosa tenía el valor de reconocerme. La luz misma a la que yo acababa de hacer el favor de encender, no quería saber nada de mí. Ardía para sí misma, como en una habitación vacía. Entonces mi última esperanza era, como siempre, la ventana.

La soledad que ya había hecho a mi alrededor, y cuya grandeza no estaba ya en proporción a mi corazón, me acordaba a las personas que yo había dejado alguna vez y no comprendía cómo puede dejarse alguna vez a las personsas.

Y ahora (sí, ¿cómo describirlo?); ahora hubo un silencio. Un silencio como cuando cesa un dolor. Un silencio singularmente sensible, y que os picaba como una herida cuando sana. Hubiera podido dormirme enseguida; pude haber tomado aliento y despedirme. Sólo mi sorpresa me mantuvo despierto. Alguien hablaba al lado, pero esto también formaba parte del silencio.

Cuando se habla de solitarios se supone conocer demasiadas cosas. Se cree que las gentes saben de qué se trata. No, no lo saben. No han visto nunca un solitario, solamente le han odiado sin conocerle.

No se tiene derecho a abrir un libro si no se compromete uno a leerlos todos.

Quizá. Quizá sea nuevo que superemos esto: el año y el amor. Las flores y los frutos están maduros cuando caen. Los animales se huelen, se encuentran entre sí y están contentos. Pero nosotros, que hemos proyectado a Dios, no podemos terminar de estar dispuestos. Relegamos nuestra naturaleza; aún necesitamos tiempo. ¿Qué es un año para nosotros? ¿Qué son todos estos años? Incluso antes de haber comenzado a Dios, ya le reogamos: Haznos sobrevivir esta noche. Y después las enfermedades. Y después el amor.

Ser amada quiere decir consumirse en la llama. Amar es brillar con una luz inextinguible. Ser amado es pasar, amar es permanecer.