Los placeres y los días, Marcel Proust (Alianza)

Continuaba ofreciendo el espectáculo suntuoso y desolado de una existencia hecha para lo infinito y restringido poco a poco casi a la nada, conservando sólo las sombras melancólicas del noble destino que pudo haber cumplido y del que cada día se alejaba más. Un gran impulso de plena caridad que hubiera lavado su corazón como una marejada y nivelado todas las desigualdades humanas que obstruyen un corazón humano, estaba detenido por los mil diques del egoísmo, de la coquetería y de la ambición. La bondad no le gustaba más que como elegancia. Realizaría aún caridades de dinero, caridades de su trabajo y hasta de su tiempo, pero toda una parte de sí misma estaba reservada; no le pertenecía ya. Leía o soñaba aún por la mañana en su cama, pero con un espíritu falseado, que se detenía ahora en lo exterior de las cosas y se contemplaba a sí misma, no para profundizarse, sino para admirarse voluptuosa y coquetamente como frente a un espejo.