"Marcelle" - Cuando predomina lo espiritual, Simone de Beauvoir (Edhasa)

"No soy como las demás", se decía apasionadamente. Se levantó, empujó las persianas y salió al balcón; sobre París, se extendía un cielo malva como un campo de cólquicos; la noche era de tal dulzura que a Marcelle le palpitó el corazón. Pensaba en Madame de Stäel, en George Elliot, en la condesa de Noailles. Fue entonces cuando tuvo de pronto la revelación de su destino. "Seré la compañera de un hombre de genio", murmuró en éxtasis.

(...)

Por un instante Marcelle se detenía, con el corazón aprestado, en la pieza vacía: todos se habían ido, respetuosos, indiferentes, abandonándola a su pureza y a su soledad. Apagaba las luces y bajaba hacia la estación de Ménilmontant. Pensaba en el Moisés de Vigny, en el Cristo en el jardín de los olivos. "Doy, doy, ¿y quién me dará?, murmuraba cuando se encontraba en su cuarto tapizado de indiana verde pálido; paseaba tristemente los labios por las flores de frescos pétalos que adornaban siempre su mesa. Le gustaba hablar a los objetos inanimados, acariciarlos: nada exigían de ella y no se negaban jamás. A menudo, a pesar del perfume de las rosas, bajo la dulce claridad de su lámpara, sollozaba.

Ni Perdrières, ni Desroches sospechaban esas lágrimas. Eran hombres y creían que las ideas bastaban para transformar el mundo; después de haberla interesado, sus teorías sociales fatigaron a Marcelle; junto a esos intelectuales, se sentía rica de una misteriosa femineidad y una vez más solitaria. Ellos la consideraban activa, inteligente y serena. ¿Pero quién podría jamás conocerla y amarla en su debilidad? "La conmovedora debilidad de los fuertes", anotó en su carnet. Se prometió a escribir un poema que terminara en esas palabras. 
Marcelle se entendía mejor con Desroches que con Perdrières; era más matizado, más comprensivo; su espíritu y su cultura eran poco vulgares, su sensibilidad era todavía infantil, pero era capaz de melancolía y de ternura y tenía vida interior.

(...)

Mientras él hablaba, Marcelle miraba con desesperación ese cuerpo extraño detrás del cual, preciosa, inaccesible, estaba encerrada un alma; estaba tan cansada de sí misma que hubiera querido perderse en él. Pero dos seres que se aman, sentados uno al lado del otro, siguen siendo dos seres solitarios. (...) "Pero no es un goce bajo el que pedimos a las caricias y a los besos –dijo–. No hay a menudo otro lenguaje que permita unirse a las almas.

(...)

Marcelle apoyó su frente contra el vidrio fresco; rechazando las alegrías mediocres, los juguetes, los adornos, los éxitos mundanos, los flirts fáciles, se había siempre reservado una magnífica felicidad. No era la felicidad lo que le había sido dado, sino el sufrimiento. Pero quizá únicamente el sufrimiento podría calmar por fin su corazón. "Más que la felicidad", murmuró. Sabría recibir esa gran cosa amarga que era su parte en la tierra; sabría transformarla en belleza. Alguna vez desconocidos, hermanos, comprenderían por fin su alma desencarnada y la amarían. Más que felicidad. Lágrimas le subieron a los ojos; sentía ya palpitar en ella la aurora de los poemas sublimes.
Por segunda vez tuvo la maravillosa revelación de su destino. "Soy una mujer de genio", decidió.