Réquiem por Tarkovsky, Luis Arturo Restrepo


La vigilia ha hecho de ti la masa de un hombre que camina al vacío. Tus palabras, padre, son desde la niñez un plácido rincón hecho de espejos. Con cada una de ellas tolero la oscuridad en que sucumbo, con todas al tiempo, oculto el cuerpo ajado que todavía me soporta.
La vida no ha merecido de mí ningún diezmo. Para qué la llama que impertinente alumbra la cueva. Todo es oscuridad y en ella la conciencia de la muerte roe la piel de todo hombre. Prepararlo para qué entonces, si desde la altura de su mirada vislumbra ya el abismo en el que caerá.
Sé que lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad. Lo grité mil veces ante la pantalla, ante el lienzo en blanco, ante la hoja que sé te cegaba en su soledad. Lo grité ante aquellos que preferían la guerra, la mordaza, el poder del silencio y el silenciar, pero la verdad se impone como fallecimiento y temor, cuchillo en el pecho que arranca de un tajo lo que creíamos nos hacía humanos.
Vuelve pues sobre mí la esperanza, zanja en mi garganta y en mis ojos la palabra, rastrilla con tu poesía, si es posible, un lugar para arar de nuevo el grito en que reconozca el tenue equilibrio por el que se avientan desde antiguo, mis obstinadas noches.