Bélgica, Chantal Maillard (Pre-Textos)

La mañana clarea tímidamente. Las paredes blancas forman un marco para la mancha oscura que ocupa la parte izquierda del lienzo. Si digo mancha, la habitación se cierra sobre mí y me aprisiona. Si digo mar, en cambio, se abre un horizonte, se hace el cielo, el día es extensión infinita y la calma invade esa parte de mí tan endeble que reposa al abrigo de las mantas. Como si consentir al abandono dependiese de una amplitud en la mirada. Como si, de ese modo, con un paisaje en la ventana, fuese más fácil asumir que una se entorna, que va entornando. Será porque se cumple en metáforas la comprensión humana; será por esa costumbre de la razón, afecta a las analogías, por lo que el mundo externo ordena, en la forma, el de dentro. Y así, si el mar es mar y no una mancha vertical en el marco de la ventana, puedo cerrar los ojos o entornar el alma: hay espacio ahí fuera, y con eso basta.