Melancolía de la resistencia, Laszló Krasznahorkai (Acantilado)

Hemos fracasado –prosiguió Eszter, mientras recorría lentamente la sala con la mirada y se centraba por último en las chispas que, esparcidas delante de la estufa, se apagaban con celeridad–. Hemos fracasado plenamente en la acción, en el pensamiento y la imaginación, pero también en el lamentable afán por comprender las causas; hemos vendido a precio de saldo a Dios nuestro Señor, hemos perdido, jugando, el respeto al rango y a la dignididad, y hemos decidido no mantener la noble superstición de la eterna medida, que siempre había determinado nuestro peso a través de la distancia respecto a los ancestrales diez mandamientos... podemos afirmar, pues, que hemos salido malparados, miserablemente malparados en un universo en que, con toda probabilidad, pintaremos cada vez menos. Que en un principio,  en su día. existiera cierta imaginación -continuó, echando un vistazo a su huésped que no cesaba de moverse- es muy posible, pero ahora es preferible callar en este valle de lágrimas, por el simple hecho de que así al menos dejaremos en paz los vagos recuerdos de aquel al que debemos todo esto. Es preferible callar -repitió con voz un tanto más ronca- y no menear las sin duda sublimes intenciones de nuestro antiguo patrón, ya hemos hecho demasiadas cábalas preguntándonos para qué estamos destinados y, como podemos ver, no nos han servido de nada. Es preferible contentarse con la flaca pero al menos irrefutable verdad, que todos nosotros experimentamos en nuestra propia carne, salvo usted por su carácter angelical, claro está: que sólo somos los miserables sujetos de un pequeño fracaso en esta creación aparentemente deslumbrante y que, por tanto, toda la historia humana, para mencionarle sólo lo que vale la pena, no es más que la fanfarronería barata de este estúpido, sanguinario y desdichado paria en el rincón más apartado de un escenario inabarcable y, por otra parte, la embarazosa confesión, sabe usted, de un error, el lento reconocimiento de que esta criatura, a decir verdad, no ha resultado muy espléndida que digamos". Cogió el vaso de la mesita de noche, bebió un trago y, tras una mirada escrutadora al sillón, constató no sin cierta preocupación que su fiel visitante, el cual había superado ya hacía tiempo el simple papel de mozo para todo de la casa, se mostraba más inquieto de lo habitual.