Pedro Montealegre


1
No trates de hacer tu cama sobre el frío, que los gorriones dolerán:
yo tengo en mi casa unas jaulas con gorriones y se morirán todos
si es que tienes frío: y las jaulas torcerán sus barrotes sobre mi cara
si es que no te prevengo, si es que yo no te tapo con un trozo de pan.
Sobre un gorrión dormido en la estrella polar, yo no haré mi cama,
y no me haces caso. Tú no me sigues y caes sobre el viento,
y le mendigo a la noche un pedazo de cobija. Y te vuelves morado.
Le mendigo a los perros un trozo de piel para no ver tus dientes.
No trates de hacer tu cama sobre el frío ¡No estaré para lavarte!
No estaré para darte el vapor en la frente, leyéndote las aguas.
No estaré para contarte la saga de mis padres que un día partieron
a la aurora boreal -más allá de estos pastos- con zapatos de hielo.
Yo tengo en mi casa unas jaulas con gorriones y se morirán todos
si es que yo me olvido y no fundo los zapatos que tú te pusiste.

2
Yo tengo en mi casa una estrella de mar. Yo mismo la busqué:
puse aire en la alforja y fui a lo abisal a encontrar esa estrella,
porque la quería en tu barba, para que me vieras la albura
por debajo de la ola: yo quería también que tocaras la medusa
que me late acá adentro.Y si era dado de que a ti te gustara,
si es que te araba esa estrella y te la guardabas al fondo,
no tendríamos frío y cantaríamos la espuma igual que delfines.
Me dirías lo mucho que sabe una sal en los ojos: el mar,
ese ojo que espera tragarnos como yo. Tan igual. Otro ojo:
y espero tragarte. Y espero que sientas la estrella marina,
porque mi casa es la estrella, porque mi casa es el mar.
Y espero que haya un mar que te extienda hacia adentro.

3
Yo tengo en mi casa una página de libro: y tú lees y lees,
y como si fuera metáfora, veo que vas por el borde de una hoja,
como si fuera por el borde del tintero celeste, del mismo
que marca tus huellas y deja una estela de su propia saliva.
Digamos que tú te querías celeste, porque la tinta lo puede:
te quería en la impudicia, con la hombría de mi esposa.
Tu longitud de niño que se tienda en la tinta igual que en su cama,
y por más que chapotee, no vea reseca ni oleada su cal.
Pero no quieres leerte en mi casa, y te leo: asimismo te abro.
Imagino el jardín y las manzanas podridas por tanta llovizna.
A ti no te importa, porque vas colocando sobre ti las manzanas,
y las cuentas de a una mirando lo que hago. Y yo no hago más
que imaginarte -y te leo-; te lavo -y te leo-; y te quito el barro,
porque en mi casa no hubo barro más que yo y mi tinta.
Y lo sabes bien, y por eso vienes sobre un insecto y cuidas
que la tinta se espese. Y que yo me espese. Y me quede quieto.

4
Yo tengo en mi casa un puñado de hojas, y veo que el día
me las hace tierra. Yo veo que el día desnuda su esqueleto,
y las vuelve óxido. Y a ti no te importa porque vas desnudo:
tu nervadura articula el lenguaje del silencio. Y sabes que ella,
la muerte redonda, cabe en el clavo que afirma mi casa:
un pilar, una esquina, el cajón de un mueble. Y tú vas desnudo,
porque la muerte es el ropaje que no logra cubrirte,
así como mi casa me cierra los ojos y roza mi mejilla
con el mismo soplo con que apaga la vela. Yo tengo en mi casa
un puñado de hojas y vas con tus párpados y ya las barres.
Y todo el misterio es claro como un huevo, y la cáscara de calcio
te será nutritiva si la mueles con las palmas. Y todo el misterio
es tu voz de muchacho, tus cimientos de muchacho: esas manos
que saben tomar el insecto de la muerte y treparlo por los dedos
hasta que vuele a la bujía. Mi casa es la bujía. Y adentro te llamo.